Almorzando con los Enemigos de Le Corbusier: De la boca del lobo al “Vientre del Arquitecto” o un testimonio sobre un escenario aparentemente imposible

Ingrid Quintana

Quisiera compartir una experiencia que creo que a todos podría enseñarnos, no sólo acerca de la necesaria cautela respecto a todo lo que tenga que ver con Le Corbusier (positivo o negativo).

Ante las réplicas y contra-réplicas suscitadas por la opinión muy personal de dos veteranos nombres de la escena arquitectónica colombiana publicada en un blog de crítica de arquitectura, y en la cual no tengo arte ni parte, **quisiera compartir una experiencia que creo que a todos -tanto a los arquitectos más jóvenes como a los protagonistas de ese acalorado debate- podría enseñarnos, no sólo acerca de la necesaria cautela respecto a todo lo que tenga que ver con Le Corbusier (positivo o negativo), sino de nuestra tendencia a la polarización en la que nos escudamos para evitar la confrontación directa con nuestros detractores.

En un lapso menor a tres semanas tuve la oportunidad de ser testigo de dos eventos diametralmente opuestos, gravitando alrededor de la figura de “Corbu”: el primero, de asistencia multitudinaria (creo que no es descabellado, guardadas proporciones, calificarlo como una especie de Woodstock lecorbusieriano); el segundo, mucho más modesto en número de participantes y logística, reunía a los principales detractores contemporáneos del francosuizo. Casi tan sonados como su propio nombre, en este año de homenajes al cincuentenario del fallecimiento de Le Corbusier han sido los nombres de Marc Perelman, François Chaslin y Xavier de Jarcy, quienes se dieron a la tarea (no siempre afortunada desde un punto de vista estrictamente metodológico), de demostrar los vínculos profundos de Le Corbusier con diferentes facciones del fascismo. En Valencia, quince días atrás yo misma celebraba, durante la conferencia magistral presentada por Jean-Louis Cohen en “Le Corbusier: 50 años después” (ese encuentro de investigadores, por no decir fanáticos – dentro de los que a veces me incluyo – venidos de todos los rincones del planeta), la divulgación de los documentos que comprueban las sospechas del mariscal Pétain (cabeza del Faisceau francés durante el régimen de Vichy) contra un Corbusier que sólo parecía actuar como militante de ultraderecha por cortesía.

En paralelo a esa euforia colectiva en España, en París se cocinaba algo más “oscuro”, que no era propiamente los atentados yihadistas (esos se dieron con apenas tres días de antelación a la inauguración de la conferencia valenciana): Perelman organizaba una contrapartida a la cual estaban convocados todos sus colegas detractores de Le Corbusier; todos franceses y críticos del maestro en su accionar como creador de espacios de habitación de diferentes géneros y con diferentes destinos geográficos. En medio de ellos, una comunicación “fuera de tono” fue aceptada: la mía, la de una joven e inexperta sudaca, que ni siquiera hablaría de la acción de Le Corbusier sino de la de sus discípulos latinoamericanos (de hecho, fui la única ponente en ambos congresos, junto con Luis Burriel) . Bueno, yo prefiero hablar de colaboradores o, en este caso específico, de dattiers. Quizás eso fue lo que me blindó de los ataques violentos que sí recibieron miembros de la Federación de Habitantes de las Unités d’Habitation: por consenso, todos los que manifestaron admiración por la obra lecorbusieriana recibieron el calificativo de “alienados”. Y en medio de ellos yo, medio alienada también, entre otros motivos, por mi cercanía a algunos de los actores del ya célebre rifirrafe en Torre de Babel, me había metido a la boca del lobo.

Así, como en un cuento de hadas, la pequeña cenicienta (yo, en este caso) se halló almorzando en un bistro del elegante barrio de La Bourse con Chaslin (que se mostró deferente conmigo al momento de pronunciarle dos palabras mágicas: “Rogelio Salmona”), Perelman y otros enemigos declarados en contra no del arquitecto, sino de los efectos nocivos y actuales de la “Corbusiología”: Philippe Boudon (que proporcionó una lectura tan ligera del Modulor como la que muchos profesores de arquitectura en nuestra ciudad han proferido y predicado); Meryll Hardt, una insolente – sé que ella adoraría escuchar ese calificativo – artista plástica y cineasta de mi misma edad (duplicada por la mayoría de los ponentes), que presentaba un cortometraje criticando la sumisión femenina en el estilo de vida Cité Radieuse; o el sociólogo Philippe Cardinall, que calificó al urbanismo cartesiano de Le Corbusier como “hemipléjico”. Afortunadamente no estaba De Jarcy, pues confieso que me hubiera sido difícil permanecer “políticamente correcta” en su presencia, no por anti-lecorbusieriano sino por carente de argumentos y soportes históricos sólidos a la hora de calificar a “Corbu” de fascista y hasta de nazi (esto lo digo luego de leer las más de 400 páginas de su best-seller ). Pero no sólo estaban ellos en ese inusitado comedor: de mi lado se encontraba Martine Vittu, residente de la unidad de Rezé-les-Nantes desde su inauguración, hace seis décadas; Yvan Mettaud, conservador del patrimonio y especialista en el conjunto de Firminy-Vert (tan especialista que decidió mudarse a su unidad hace 15 años) y, para mi deleite, Dominique Petit, quien además de ser presidente de la federación de residentes de las cinco unidades lecorbusierianas existentes en Europa y de los barrios modernos Frugès en Pessac (únicas residencias no burguesas de baja densidad que fueron ejecutadas por Le Corbusier en Francia) es hijo del principal mecenas de “Corbu” durante los años de la reconstrucción: Eugène-Claudius Petit. A Dominique nadie lo invitó al coloquio: él, un poco como yo, también se infiltró.

Luego de escuchar risas mordaces en relación a todo lo que se comentaba a favor de Le Corbusier, me torné hacia Madame Vittu y le pedí que me contara un poco más acerca de su experiencia como una habitante original del proyecto, una que llegó como consecuencia de la dramática escases de vivienda durante el comienzo de los años 50 y no como uno de los muchos impulsores del proceso de gentrificación (o boborization, como le llaman ellos, en alusión al termino bourgeois-bohême, que parece describir muy bien las tendencias de consumo de muchos arquitectos alrededor de todo el mundo) en las unidades de Marsella y Berlín. Martine me comentó acerca de la solidaridad que existe entre los miembros de las diferentes “delegaciones”, no sólo en lo que se refiere a las acciones de preservación de los edificios (que, salvo en el caso de la unidad marsellesa, se hacen con las uñas), sino en la construcción de un espacio social común; de iniciativas que celebran al arquitecto y a su obra y que involucran a toda la comunidad residente. En ese sentido, me contó que la experiencia colectiva más linda había sido un viaje que una comitiva variopinta de esa federación realizó a Chandigarh para encontrarse, por primera vez, con habitantes de la ciudad enteramente imaginada por el francosuizo.

– Sabemos que las casas son creación de Pierre Jeanneret- me dijo. Sin embargo, todo allí fue inspirado por Le Corbusier, toda esa vida comunitaria que se genera al interior de las rues élévées se replica en las unidades vecinales indianas. Fue como sentir que nuestra red de vecinos, que de hecho ya está dispersa por todo el territorio francés, tuviera una extensión a miles de millas de distancia”. – Entonces, si el Plan de Bogotá se hubiera ejecutado, ustedes tendrían unos vecinos a 8.000 km… – sugerí. –¡Sin duda!

La representante de Briey-en Fôret (eso suena un poco a Miss Universe pero, esa así como efectivamente funciona) fue la única que formuló preguntas subsecuentes a mi presentación, la cual explicaba la participación de Samper, Valencia y Salmona en el desarrollo de tipologías habitacionales de baja densidad para las Unidades Vecinales en los sectores sur y norte de la capital colombiana (las mismas que funcionan tan bien en la capital de Punjab), de las cuales se nutrirían propuestas posteriores del atelier en el cuadro de la reconstrucción francesa, como La Citadelle (HEM Roubaix) y las casas genéricas Type Rochelle. Me preguntó si pensaba que esa propuesta hubiera funcionado bien considerando nuestras tradiciones; que si yo le hubiera augurado el mismo éxito que ellos viven cotidianamente en sus unités.

– Pues mire no hay manera de saberlo–, respondí. Pero cualquier cosa, con certeza, hubiera sido mejor que el reino de la especulación inmobiliaria bajo el cual se ha construido la Bogotá de las últimas décadas. Además, si usted toma el plan para el Centro Cívico, que es el que la gente mejor conoce y lo que más le choca por la inclusión de las famosas unités, se dará cuenta que las manzanas que se conservaron son más o menos las que el Plan pretendía salvar. Y de resto, todo lo tumbamos.

Entonces fue cuestión de contar el acalorado debate que se suscitaba, no sólo como parte del año Le Corbusier, sino como secuelas de la importante exposición que hace ya algunos años se hizo del Plan. Humildemente creo que esa propuesta genera todas esas pasiones negativas porque se piensa superficialmente que el de Bogotá era el Plan Voisin, sólo que en vez de Invalides y Sacré-Cœur, se conservaría la Catedral Primada y San Agustín. “Uno tiene derecho a cambiar; uno tiene derecho a crecer”, me dijo Petit al comentarle mi percepción sobre el libro de De Jarcy, centrado en cinco años de amistad de un joven y muerto de hambre arquitecto, rodeado de amigos con serios vínculos con el Faisceau (pues son esos vínculos, y no los directos de “Corbu” los que se comprueban en el libro) pero también con la posibilidad de confiarle proyectos con los que se asegurase con qué comer. Y sin duda, cualquiera, y no apenas un personaje con un universo tan rico y complejo como el de los primos Jeanneret, 30 años más tarde cambia y se arrepiente; se reinventa. A la fecha de redacción de estas líneas aún se encuentra abierta al público la exposición sobre Chandigarh en la Cité de l’Architecture et du Patrimoine que se enfoca en la vida contemporánea de esa ciudad, en la real felicidad de quienes recorren a pie sus V7 y, en bicicleta, sus V8 (como los Tres Mosqueteros, que no eran tres sino cuatro, el famoso plan de las 7V contaría con ocho tipos de perfiles viarios, habiendo sido el de las bicicletas formulado por el propio Salmona). Pero no nos tenemos que preguntar exhaustivamente qué hubiera sido de nuestra capital bajo esa sistema viario: se supone que ha sido lo único implantado del Plan.

Ahora bien: ¿y si las Unités se hubieran construido al pie de los cerros orientales? Es más: ¿y si las Unités hubieran sido la única tipología habitacional propuesta en el plan? La respuesta no la tengo yo sino Anne Roche, profesora de la Universidad de Aix-en-Provence, etnóloga y por varios años residente de la Unidad de Marsella, una de esas que sí llegó allí como un acto consciente y, si se quiere, subversivo. Además de los efectos de elitización de ciertos ejemplares construidos (que no son exclusivos de las Unités) – porque en las otras la población es heterogénea dependiendo si el habitante de la célula es arrendatario bajo el modelo cooperativo, Habitation Bon Marché o propietario – una serie de rituales se hubieran establecido entre sus lugareños, como aquellos que aun hoy ocurren en el Boulevard Michelet:

  • Tener a los hijos estudiando en la maternelle e inscribirlo a alguno de los clubes deportivos que se desarrollan en la terraza.
  • Haber pertenecido en su adolescencia a uno de esos clubes o, al menos, haberse afiliado un mes al gimnasio.
  • Lamentar la desaparición del gimnasio, como la del Petit Casino, tienda de abarrotes a donde las amas de casa acudían en medio de la preparación de una receta, a buscar el ingrediente faltante.
  • Hojear libros (bouquiner) en la librería de la 3e.
  • Comprar el pan en el boulanger de la 3e y huir de él cuando pasaban muchos días sin ir a comprar el pan (de vez en cuando, es bueno explorar otros comercios por fuera de la Unité…).
  • Haber olvidado las llaves dentro de casa y pedido a uno de los hijos (o a un vecinito) entrar al apartamento por la ventanilla de distribución de alimentos, para desbloquear la puerta principal.
  • Asistir a las sesiones de cine (especialmente cine sobre arquitectura) en el teatro del toit-jardin, los martes en la tarde (víspera del receso escolar).
  • Ir a comer de vez en cuando a “Le Ventre de l’Architecte” (nombre del restaurante de la 3e rue) y haber invitado algún amigo “foráneo” (es decir, no residente), a almorzar allí.
  • Abrir la puerta a uno que otro joven con mochila al hombro, cámara fotográfica colgando del cuello y que con acento extranjero repite: “je suis étudiant d’architecture”. Dejarlos entrar cuando se confirma que la afirmación es verdadera.

La lista de rituales es larga y a ella se suma el inventario de críticas de carácter funcional, que no es menor. En el invierno de 2013/2014 tuve el privilegio de visitar las cinco unidades de habitación, incluida la de Charlottenburg, cuya paternidad “Corbu” negó por diferencias con sus clientes alemanes que no viene al caso comentar. Comprobé que eso es cierto, que aún en Briey, en medio de la nada, la vida barrial sí existe y es intensa, “porque la arquitectura no lo hace sólo el arquitecto, sino también quien la habita”. Y como todos los edificios, las unidades también se enferman, se envejecen, requieren la renovación de sus fachadas por lo menos cada veinte años. Sólo tomándose el tiempo de estar en el vientre del arquitecto, o mejor, de su arquitectura, se puede entender que, después de todo, con la erección de unas cuantas unidades Bogotá hubiera podido ganar alguna cosa (ni qué decir de las unidades de barrio que, de hecho, aún hoy funcionan en propuestas de vivienda social desarrolladas por el ICT). Lo que no pude comprobar fue la calidad del restaurante en Marsella: los precios en euros estaban por fuera de mi presupuesto estudiantil.

Un antiguo residente de Marsella (William March), uno más joven que los vecinos ya mencionados y que a raíz de su experiencia de infancia habitando en una machine à habiter decidió hacerse arquitecto, comentó que, no obstante desconocer que su edificio era tan singular (lo descubriría porque los niños que vivían en los apartamentos “descendant” eran famosos en sus colegios por tener que “bajar a acostarse”) y que su autor era un ídolo de multitudes, no se decepcionó al descubrir que el suyo era apenas el premier ejemplar de una serie de al menos ocho unidades concebidas.

Al contrario de ese objeto de arte que, según Walter Benjamin en la era de la reproductibilidad técnica, carecía de aura, para mí la Unité de Marsella se reveló más singular. Quizás fue un proceso contrario al del Principito, que un día descubrió que su rosa no era única en el mundo. Al conocer las otras unidades, cada una se afirmó en su propia identidad.

El cortometraje de Mademoiselle Hardt (“Une vie Radieuse”) cuestionaba también las experiencias de esos moradores de infancia; desconfiaba de las fotos de colegiales felices publicadas en Les Maternelles vous parlent y del supuesto gusto de Le Corbusier por los niños (un escenario posible en el momento de la inauguración de la unidad, pero que no es nada acertado con relación a lo que ocurre en la actualidad). Denunciaba la frialdad de laboratorio con la que la cocina de las células era concebida, el carácter expulsivo de las mismas (o sea, apartamentos que no invitan a permanecer allí) y la dureza del hormigón armado, incluso en sus formas orgánicas de la terraza. Todo esto basado en los testimonios de una antigua moradora, tremendamente infeliz de ser reducida a una de las células.

– Por favor, no haga historia si no va directamente a la fuente; no haga hablar a terceros palabras que no han dicho– intervino Petit, revelando su identidad en medio de la audiencia. Conocí a Le Corbusier cuando iban a cenar a mi casa con frecuencia, para mí fue como mi tío, tratando de compensar esa terrible frustración que le causaba el hecho de no haber sido padre.

Yo puedo dar fe de otros testimonios que coinciden con ese lado humano del francosuizo (Robert Rebutato; María Eugenia Muzzo -primera esposa de Guillermo Jullian-; Germán Samper; Alain Tavès; y hasta el propio Salmona que, al contrario de las memorias de su primera esposa Michèle, parecía más condescendiente hace unas décadas, al mencionar el trato que le dio su maestro en el Atelier). Sería interesante adoptar ese método; poder evaluar ambos lados de la moneda, en el caso bogotano o en cualquier otro, y no hacer hablar a los personajes, aún menos a los proyectos, por boca de terceros antes de tildarlo de bárbaro, destructor, y mucho menos de facho, que creo que es una polémica muy delicada y que nos es ajena. A los edificios y a los proyectos, como a la gente, siempre hay que darles el beneficio de la duda.

No fueron, sin embargo, las palabras de Petit las más impactantes, durante el coloquio, sino las de Perelman, al menos para mí. Con toda serenidad, se reclamaba detractor de muchas de las cosas que se dijeron, confesando haber hecho un esfuerzo sobrehumano para mantener la postura. “Pero mi objetivo aquí no es venir a persuadir a nadie de aquello de lo que estoy convencido y de lo cual he venido escribiendo desde los años 70; argumentos por los cuales he sido vetado en las escuelas de arquitectura francesas, donde es prohibido alzar la voz contra Le Corbusier”.

Aunque no coincido con su afirmación (estudié en dos de esas escuelas, por eso puedo decir con cierta autoridad que es más bien Le Corbusier quien sigue teniendo un veto entre sus propios coterráneos), ella parece describir la situación opuesta que se ha dado en nuestras escuelas de arquitectura desde los años 80 (condenar todo lo que venga de “Corbu” y no de Rossi, Salmona o cualquier historiador defensor de la idea del regionalismo crítico). Y ella reclama lo mismo que Perelman ante sus detractores: respeto de las opiniones divergentes, crítica con argumentos y evidencias físicas, espacios de dialogo abierto (ojalá presencial y no vía Internet) entre representantes de ambos puntos de vista, más aun cuando el centro del debate es nuestra ciudad, que requiere más acción y menos retórica. En una Francia cada día más polarizada, y no sin razón, el sarcasmo puede ser un arma tan hiriente como un fusil empuñado contra jóvenes inocentes que toman café en una terraza de un bar del 13e arrondissement después de visitar por primera vez la Villa Savoye y la mencionada exposición sobre Chandigarh (dos de esos jóvenes se llaman Gabriel y Guilherme, colegas brasileños a quienes dedico este texto). Pero aun es posible llegar a acuerdos, a escucharnos en escenarios teóricamente imposibles: al final, Perelman dijo: “sólo espero que así como recibimos tantas personas que opinan diferente a nosotros, alguien como yo pueda ser recibido y escuchado en esos mega-eventos pro-Le Corbusier”.

Antes de partir hacia Bogotá, le estreché mi mano en señal de gratitud por haber recibido, escuchado y alimentado (en todo el sentido de la palabra) alguien como yo, que intenta alejarse de la idolatría lecorbusieriana y ver al personaje y a sus obras a través del filtro de quienes, viniendo de América Latina, tuvieron el privilegio de ayudar en el taller. “Gracias por haberlo hecho aun cuando soy un poco corbusiana. Sólo un poco – fue necesario aclarar – mientras de por medio estén sus dattiers”.

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