Oscar Niemeyer: El Último de los Modernos

Ingrid Quintana

La arquitectura está de luto. El pasado 05 de diciembre murió el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer a los 104 años. Ingrid Quintana Guerrero, arquitecta colombiana radicada en Sao Paulo, Brasil, escribe esta crónica personal sobre la obra de Niemeyer a propósito de su muerte.

Mi primer encuentro con Oscar Niemeyer estuvo lejos de saber que se trataba de una obra suya: paradójicamente no fue en Brasil sino en Francia, país que por razones políticas podría considerarse como la segunda patria del más influyente de los arquitectos brasileños del siglo XX. Sin embargo sospechaba quien era su autor, debido al “platillo volador” que le asemeja con el parlamento brasileño que yo había visto en un volumen de las Grandes Maravillas del Mundo Salvat consagrado a Brasilia que aun guardo celosamente en casa y que entre los colombianos del común se hizo famoso gracias a un video de Juanes. Pero uno nunca se imagina que Belleville, tradicional barrio parisino y sinónimo de tiendas chinas e infancia pobre de Edith Piaff, pueda hallarse una obra “de autor”, mucho menos moderna; de ahí la duda. Y sí, la sede del Partido Comunista Francés se erige desde 1972 en el boulevard Colonel Fabien llamando la atención de todo aquel que sale de la estación homónima del metro. Por otro lado, para mí también cabía la posibilidad de tratarse de alguno de esas raras experiencias formales de los franceses en los 80 que mezclan extravagantes formas y superficies inconmensurables revestidas de vidrio-, así que mi juicio, o mejor, mi prejuicio, no se hizo esperar: qué obra más fea! Lejos estaba también de saber que era vecina de otra de las raras obras de Niemeyer en Francia, la bolsa de trabajo de Bobigny (vale aclarar que viví por largos meses en el extremo del 19e arrondissement, considerado por muchos franceses como barrio marginal). El esquema tipológico de una barra pandeada confrontándose a un sólido en concreto blanco se repite en este proyecto, sólo que en allí la forma de Ovni (ruego no se tome esta palabra como una alusión peyorativa) es reemplazada por una masa enigmática al mejor estilo –aunque en mayor escala– de las piezas escultóricas dispuestas por Le Corbusier en la terraza-jardín de la Unidad de Habitación de Marsella. No son estos dos los proyectos más democráticos de Niemeyer en cuanto a apropiación ciudadana se refiere –como sí lo es por ejemplo el emblemático Edificio Copán de São Paulo–, pero sí en cuanto al programa.

Seis años después de ese primer contacto llegué a São Paulo, con la suerte de aterrizar –en sentido figurado– muy cerca del parque de Ibirapuera, donde tengo el privilegio de hacer jogging diariamente. Fue entonces cuando comencé –apenas eso, comencé– a entender la obra del maestro, que había intentado estudiar a partir de bocetos de terceros inspirados en el conjunto de obras para el barrio de la Pampulha en Belo Horizonte, proyectado a comienzos de los años 40. Una serie de mitos se vinieron abajo, de parte y parte: Los brise-soleil lecorbusierianos no fueron ningún invento del que por mucho tiempo fuera mi ídolo arquitectónico, sino de los cariocas, cuya patente consolidaron con la construcción del Ministerio de Educación y Salud; el blanco deslumbrante de obras como el Auditorio del Ibirapuera solo conmueve en las postales, llegando hasta a fastidiar en la experiencia directa si se cuenta con la mala y muy problable suerte de visitarle en un día medianamante soleado…

São Paulo no es propiamente la ciudad para enamorarse de la obra del Niemeyer: además del Ibirapuera y sus museos, apenas se destacan el edificio Copán –que significaría para el gremio de los arquitectos locales lo que las Torres del Parque para el contexto bogotano, como protagonista del skyline y como inmueble contenedor del mayor número de arquitectos habitantes por metro cuadrado–, o el Memorial de América Latina. Yo preferiré recordar al Niemeyer que me cautivó (hablo de una de sus obras, aunque no sobra decir que me inunda la frustración de no haber cruzado alguna palabra con él con motivo de mi tesis doctoral) y fotografié por primera vez sin saber que se trataba de una de sus creaciones. En ella, un inmueble entre medianeras, otra de las firmas personales del arquitecto, los pilotis en forma de V, al alinearse con el paramento de la calle que prolonga el Viaduto do Chá (de virtudes incrementadas por su carácter peatonal), se camuflan con la textura de los otros edificios, cuyos basamentos albergan comercios populares y, por supuesto, mercancías de ocasión en las vitrinas dispuestas sobre sus fachadas. Una sutil rampa nos permite permear la primera planta –casi libre- y salir de nuevo al espacio público, esta vez hacia la calle Dom José de Barros. Quizás el mayor encanto, por lo menos desde mi perspectiva, la Galería California, como se llama esta obra, es que no se niega al paso del tiempo, lo que contrariamente pareciera ser el partido de sus obras más recientes como el museo de Niteroi. Su peculiar, y hasta kisch color crema, resulta un curioso acierto. Por supuesto, el interior de la biblioteca del Memorial de América Latina, con sus hermosas bóvedas, herrajes y concreto a la vista en la parte interna, resulta excepcional en medio de esas masas blancas y gigantescas, justificando el desplazamiento hasta el árido sector de Barra Funda, en el límite del primer anillo de la capital paulista.

Hoy Brasil llora a su genio en medio de homenajes acompañadas de bossanova y batucadas, como lloró a Elis Regina y seguramente se llorará a Pelé cuando fallezca. Mi adiós no se empaña, empero, de llanto, pues en primera instancia el viejo (lo digo con cariño abusivo) lo merecía a sus ya casi 105 años –años sazonados por finas viandas, bebida y aventuras a la Indiana Jones en la conquista del “Planalto Brasileño”; y en segundo lugar porque, dado que tan solo conocer su producción paulistana, hoy son más las dudas que las certezas que me asaltan con relación a su obra: ¿Por qué siendo un arquitecto tan comprometido con los discursos socialistas exploró tan poco el campo de la vivienda social, al contrario de contemporáneos suyos como Reidy? ¿Cómo fue posible construir estructuras tan osadas como la de la Bienal de Arte de São Paulo en un país como Brasil donde, a pesar de la riqueza económica, aún hoy se construye de manera precaria en términos de cálculo y optimización de sistemas? Lo único cierto es que se fue el último de los modernos, y cuando me refiero a moderno no es a la forma, al material o al color al que me refiero (hay exquisitas arquitecturas opacas como las de Aalto), sino a esa idea de genio creador solitario, de hombre renacentista capaz de construir un universo no abstracto sino muy singular, a la escala de su ego, y de ahijado de ricos mecenas, siendo una lista considerable de mandatarios quienes en este caso asumieron dicho rol. Niemeyer no sólo encarna la figura del héroe nacional, sino la del burgués que supo aprovechar su condición al máximo para construir y divulgar su arquitectura. Condiciones a las que las vertientes de cambio de nuestra América Latina parecieran negarse para privilegiar una sociedad más igualitaria.

Para terminar, al saber muerto a quien creíamos inmortal –hablando mundanamente, como seguramente Niemeyer quisiera que se le recordase dado su talante ateo-, esta mañana, al recorrer de nuevo el parque a ritmo de trote, el Ibirapuera tiene otro aire. Lógico, es que la gigantesca y sinuosa cubierta fue parcialmente abierta hace pocos días luego de una lenta reparación, como si se aprontase a despedirse de su creador. Pero muerto el creador, los enigmas también desfallecen y la arquitectura toma sus proporciones justas.

Ingrid Quintana Guerrero es arquitecta (Universidad Nacional de Colombia), magister en arte y crítica de la cultura contemporánea (Universidad París 8 – Vincennes Saint Denis), y en historia de la arquitectura (Universidad París 1 – Panthéon Sorbonne). Actualmente reside en Brasil, donde desarrolla su tesis doctoral en Arquitectura y Urbanismo (Universidad de São Paulo) sobre la obra de los colaboradores latinoamericanos de Le Corbusier.

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OSCAR NIEMEYER SIEMPRE SERÀ UN ICNO DE LA ARQUITECTURA Y TAMBIÈN COMO SER HUMANO...DONDE DEMUESTRA QUE LA EDAD NO ES LÌMITE PARA LOGRAR LO QUE SE DESEA Y SUEÑA...

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